Conviene repensar cómo vivir la vejez

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La relación del Estado con la jubilación nunca fue sencilla. Este derecho surge de tensiones sociales, siempre presentes entre las reivindicaciones de los trabajadores y el impacto económico que esta política genera.

La jubilación emergió como la responsabilidad del Estado frente a la carencia de trabajo de quienes envejecían y no podían adecuarse a las nuevas formas de empleabilidad que planteaba la sociedad industrial. Su aparición fue el fruto de luchas sindicales y de grupos socialistas por garantizar un sistema solidario.

Sin embargo, al mismo tiempo que surgían estas demandas sociales, aparecían otras de cariz más filosófico, que propusieron algo más que un sostén económico. Pudieron vislumbrar lo que la jubilación prometía: una etapa donde cada uno pueda gozar del tiempo, por fin, libre, saliendo de la alienación del trabajo como única promesa de bienestar.

Esta perspectiva permitió pensar en el derecho a vivir una etapa con algunas características diferenciales pero donde, no “tan tarde”, ni por un solo criterio de enfermedad, se pueda gozar de vivir sin trabajar. Para ello, las sociedades occidentales vienen disponiendo de recursos para facilitar un desarrollo humano que contemple la educación, la actividad física y recreativa, los viajes y tantos otros espacios de disfrute, que algunos denominaron “los años dorados”.

Las investigaciones entraron en el debate tratando de validar o cuestionar la jubilación. Los resultados, aunque con ciertas contradicciones, suelen presentar una proporción de personas que tiene dificultades para sobrellevar el pasaje a la misma, especialmente en sus primeras etapas. Sin embargo ésta parece ser una proporción minoritaria, no poco significativa, que en una investigación británica calcularon en un 25%.

En términos estadísticos la mayoría desea jubilarse, especialmente cuando los haberes no se alejan demasiado de los salarios, y existe evidencia de que, así como algunos llegan a enfermar, muchos mejoran su estado de salud al haber menos presiones y más tiempo para una vida saludable. Sabemos que jubilar a ciertas personas puede significar una enorme pérdida a nivel individual y social.

No cabe duda de que el envejecimiento poblacional actual plantea tensiones sociales novedosas. Las jubilaciones de reparto se basan en cálculos económicos que la hacían posible en la medida que sean más los trabajadores en actividad que los jubilados. Lo que no descarta que en muchos casos hubiera asistencia de impuestos para la composición del haber. Las nuevas ecuaciones convocan a pensar con mayor detenimiento el tema de la edad jubilatoria, así como también el modo de conseguir los recursos.

Pero hablar de la edad de las jubilaciones nos remite a otras dificultades que deberíamos tener en cuenta, como la empleabilidad. Si estamos en sociedades donde no abunda el trabajo y a la gente mayor de 50 le cuesta hallarlo, deberíamos ser juiciosos a la hora de pensar la edad jubilatoria, ya que extenderla podría complejizar más la búsqueda.

Deberíamos poder imaginar qué queremos del envejecimiento y planificar esta etapa teniendo en cuenta sus particularidades, así como los cálculos económicos que ello genera. Pero resulta necesario valorizar las posibilidades de una etapa donde lo productivo o lo valioso no necesariamente pasen por su rendimiento económico sino por su rendimiento humano.

Fuente: Clarín