El fenómeno de subir la edad de la jubilación

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Uno de los próximos debates argentinos, que por ahora se maneja solo a nivel de globos de ensayos periodísticos, es la suba de la edad de retiro jubilatorio.

El problema es mundial y en general tiene las mismas causas y la discusión es la misma. Se agrava en un escenario global en que la tasa de interés es nula o ridícula, y lo será por bastante tiempo.

La obligación que les crean sus algoritmos de manejo de cartera les imponen diversificación y manejo del riesgo, lo que limita drásticamente las oportunidades de obtener renta.

El problema central de la humanidad es que los jubilados se están muriendo mucho más tarde que antes, para decirlo cruelmente. Con lo cual la relación se vuelve cada vez más desfavorable. Es elemental que sin el efecto regulador de la naturaleza y sin la posibilidad de obtener grandes beneficios de la especulación financiera o bursátil, las variables de ajuste sean la edad de retiro y los montos que se aseguran al trabajador.

Ambos conceptos colisionan con la necesidad que tiene el sistema político de mantener razonablemente contentos a los votantes, que son a la vez beneficiarios y contribuyentes obligados del esquema jubilatorio. La pirámide Ponzi que se venía usando en el Estado chocará de frente con la realidad.

En España, por caso, al Estado le insume 10% de su PIB, y ahora ensaya un aumento muy modesto de la edad jubilatoria que llegará en 2027 a 67 años. La Unión Europea recomienda a sus miembros llegar a 70 años para otorgar el beneficio.

Esa cifra se ha empezado a revolear en Argentina, que a su vez viene de un incremento de 60 a 65 en los años 90, por iguales razones. China, India, México, países exportadores, han elegido planes de retiro bastante precarios, que les permiten tener costos relativamente bajos. Está claro que se trata de situaciones transitorias, en el caso de China porque su sistema político lo pone a cubierto de urgencias electorales y le ” abarata” costos.

También en Uruguay se ha amenazado con la suba de la edad de retiro, pero, como es fácil de predecir, cualquier cambio en ese sentido será reemplazado por un aumento en los aportes que deben abonar las empresas privadas, dentro del plan “cada día un privado menos” que merecería estar en el Preámbulo de la Constitución para sincerar las cosas.

Se está produciendo otro efecto demográfico en especial en los países desarrollados, con alta protección y regulación laboral y con alto perfil de participación sindical: la velocidad de incorporación de nuevos trabajadores es lenta.

Ello hace que los aportantes activos deban hacerse cargo de más y más jubilados y además provoca que el aumento de la edad jubilatoria deje a los jóvenes de hasta 30 años o más sin acceso al primer trabajo. (Con prescindencia de la natural predisposición de los millennials.)

Por eso en muchos países –también en Uruguay– crece la preocupación para corregir la pirámide poblacional con inmigración. Sin embargo, ese no es el orden correcto de razonamiento. El orden correcto es que cada nación debe ser capaz de generar más empleo o de permitir que se genere más empleo.

En la más pura ortodoxia económica, un aumento de población implica un aumento de oferta de mano de obra, lo que significa una baja del costo laboral. Pero ello no es cierto en sistemas de alta regulación, con leyes que impiden flexibilizar los salarios y cargas anexas. En tales condiciones, un aumento de población es un aumento del desempleo.

Si bien el proverbial Malthus se equivocó al profetizar que el crecimiento de la población agotaría los alimentos y eso produciría un equilibrio demográfico, no parece haberle errado en los efectos económicos que sobre temas tales como la salud y las jubilaciones tiene el aluvión humano. El trabajo parece ser el bien más escaso del siglo XXI, por lo menos mientras no se flexibilicen las condiciones salariales y legales.

El fenómeno de subir la edad de la jubilación, ocurre aun en países que no tienen un alto crecimiento vegetativo y que tienen baja población. Y aun ocurre pese al proteccionismo comercial. O acaso se agrava por el proteccionismo comercial.

Con un gasto global en los límites de lo posible, o más allá de los límites, los países ya no pueden darse el lujo de agregar los costos crecientes de sus sistemas de jubilación. Una vez más, se está en una disyuntiva: el drama personal de quien depende del Estado para sobrevivir y el costo gigantesco que eso implica para la sociedad.

Fuente: El Observador