Malas decisiones financieras de grandes deportistas

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De un barrio humilde, a lanzar miles de dólares en un club de striptease , a acabar mendigando cualquier clase de empleo. De un piso en una colmena de los suburbios de la ciudad, a una mansión el Beverlly Hills, a acabar volviendo al barrio. Este es el viaje. La historia de una ida y un regreso en el mundo de los deportes, el dinero y la fama que atraviesan una gran mayoría de los jugadores en la élite profesional del deporte .

Más que de una recopilación de algún que otro caso aislado, este viaje es una tendencia más bien generalizada. Según datos de la revista norteamericana Sports Illustrated, cinco años después de su retiro, el 60% de los jugadores de la NBA se encuentran en bancarrota. Un porcentaje que se eleva hasta el 78% en el caso de los jugadores de la NFL, tan sólo dos años después de abandonar el deporte profesional.

La tendencia deja abierta una gran incógnita: ¿Cómo es posible que alguien que gana millones de dólares al año acabe sin blanca en menos de una década?

 

Fardar

Cadenas de oro, abrigos de pieles, una colección de coches caros y un séquito que les acompaña a todas partes. Estos parecen ser los (extremadamente caros) complementos necesarios de la mayoría de los deportistas de élite norteamericanos para reafirmarse en su fama y su éxito.

Un ámbito fuera de la pista en el que se replica y maximiza la exigencia competitiva que existe sobre el terreno de juego. “Te pones una de esas cadenas de oro gordas en el cuello porque esa es la única manera de demostrar a la gente que has tenido éxito“, confiesa la exestrella de la NBA, Jamal Mashburn, en el documental Broke. Un testimonio que muestra un comportamiento tremendamente común entre los deportistas de élite.

Algunos, como el exjugador de la NFL, Andre Rison, han llegado a confesar que se ha gastado más de un millón de dólares en joyas de una tacada. Otros, como el también exjugador de la NFL Dante Wesley, afirman no tener mesura a la hora de tirar de billetera: “Durante mi primer año el dinero volaba. Lo gastaba prácticamente en cualquier cosa que me apetecía”, comenta ante la cámara en Broke.

Con cientos de casos de dispendio por presumir resulta difícil hacer una selección de los gastos más extravagantes. Aun así, merece una mención especial el escolta de los Brooklyn Nets, Joe Johnson, que cuenta con una colección de más de 1.000 deportivas de alta gama guardadas en una habitación climatizada, que cuenta con un sistema de seguridad por huella dactilar, techos y suelos de espejo, una cama y una canasta de baloncesto.

Otros, como el boxeador Mike Tyson, optaron por fardar haciendo alarde de su amor por el mundo animal. En los informes financieros de su declaración de bancarrota, figuraba la compra de tres tigres siberianos por valor de 140.000 dólares en los que gastaba 144.000 dólares en alimentar.

La ostentación es una actividad en el que el Floyd Mayweather, ya retirado, tendría una matrícula de honor cum laude. Pese a que recientemente fue declarado uno de los boxeadores mejor pagados del año, el lujoso estilo de vida del púgil estuvo a punto de pasarle factura en el año 2011, cuando se conocieron sus problemas por impago de impuestos a la hacienda norteamericana. Para conocer sus anécdotas más ostentosas basta con echar un vistazo a su cuenta de Instagram. Hay mucho donde elegir.

“El dinero no crece de los árboles”, reza el dicho popular. Sin embargo, en el caso de los deportistas de élite, el dinero llueve, nieva o, literalmente, se quema. Una práctica que podría considerarse “fardar”, pero que el grado de estupidez que requiere le hace merecedora de una mención a parte.

El modus operandi para tirar el dinero de los deportistas es siempre el mismo: la estrella acude a un club de striptease acompañada de su séquito y comienza a lanzar billetes por los aires. Esta práctica habitual entre las estrellas norteamericanas se conoce como ‘make it snow‘ (hazlo nevar) o ‘make it rain‘ (hazlo llover), dependiendo de si los billetes se lanzan de uno en uno desde el fajo o todo de golpe.

 

Fuente: El Mundo